domingo, 17 de octubre de 2010

Demasiada mente
saturando los sentimientos.
Desolado envuelve
que me apaisaja.
Tránsito por el que desierto
cuyos pies
me abrasan las arenas.
Cafeteras de ruido
en el vacío medio local.
Entra que sale
y gente.
Atmósfera serpenteando
por la Bonnie Tyler.
En piel me lloverá
sobre la breve.
Tal bien me venga vez
osarme hasta los calos
de especie una laval integrado.
Lluvio amenaza
y sin importo
no me embarga.
La primera puesta
está piedra ya.
Sendero este el es
presiento que universo
hacia el conduce de Pizárnik.
A aquí de nada
partir.
En el centro de un vacío
envoltorio de caramelo
limpian las hormigas
los últimos residuos.
Oscuros buitres
carentes de alas
detectando la inerte materia.
El dulzón olor de lo sin vida.
Tiemblan las manos a la espera de las tuyas.
Tiemblan de imaginarse unidas.
Tiemblan los labios al borde de la sonrisa.
Tiemblan de imaginar el tacto de tu pelo.
Tiemblan los ojos por verte.
Tiemblan por llenarse de ti.
Tiemblan los espacios para el sonido.
Tiemblan aguardando tu voz extendida.
Tiemblan las fosas nasales por conocer tu aroma.
Tiemblan por olerte dulce flor de la meseta.
Tiemblan el alma y el corazón.
Tiemblan por temblar en tu temblor.
Tiemblan los sentidos más allá de los seis.
Tiemblan por la cercanía de sentirnos.
Tiemblan las caricias no dadas.
Tiemblan los besos aún sin nacer.
Tiemblan las miradas que han de decirse.
Tiemblan los susurros que preceden al suspiro.
Tiemblan los aromas que sueño aspirar.
Tiemblan los pensamientos que me florecen.
Tiemblan los bordes del anhelo.
Tiemblan los anhelos enredados.
Tiemblan los sueños entretejidos.
Tiemblan las horas que restan.
Tiemblan mis temblores por temblar en ti.
Si permites
mis ojos en los tuyos,
si dejas que nuestras manos
se reconozcan,
si nos hablamos esta noche
en un lenguaje sin palabras,
Si me dejas ser yo mismo
porque no temes,
Si haces tan sólo
tanto como todo eso,
Sabrás entonces
de la ternura que me posee.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Siguiendo el itinerario
de una licuada
cuenta de collar,
alcancé el centro
de tu continente.
Desaparecí
en el hervor de tu magma.

jueves, 5 de agosto de 2010

Lábiles huellas
empañando
el centro
del aire
que respiramos
como pájaros
que anidasen
luz arriba
luz adentro
en la hora
extendida
de los silencios.
Tú,
tan hermosamente
desnuda.
Tu piel blanca
salpicada por el morado
brillante
de los arándanos.
Tu vientre,
generosa mesa
ofertando el fruto
bajo el canto
sostenido
de los pájaros.
Un jardín
de mandarinas
entre tus pechos.
El sirope de frambuesa
abrazado a tus muslos.
Y todo el tacto
concentrado en los labios.

viernes, 1 de mayo de 2009

Hoy no me alcanza el reloj
para hacerte trizas el aliento
con la pulpa de mis labios.
Hallé un lugar llamado Octubre
donde los días languidecen
por entre los dedos de la tarde
mientras ocres copos se escurren
sobre los esqueletos de las moras.
El poema es un paisaje
más allá de la mirada.
Son palabras
en busca de libertad
o monótono desfile
de letras silenciosas.
Mar que tiembla,
sonoro,
el poema precede
a las noches del alma,
mientras el silencio
de sus sílabas dice
que una mano se desangra,
El calor
era en las noches
enormes de los diciembres
Era sobre el barro
prensado
bajo irregulares losas
El calor
era en las esquinas
negras
por el humo gris
El calor
entonces
era palabra
y abrazo
y fuego
Al fin juntos,
el búho, el silencio,
y un hombre
venido del recuerdo.
Acógeme, oh palabra,
a mi venido, a mi llegado.
Huérfano de musgo,
despojado de líquenes,
salvo en la memoria.
Ahí donde la hiedra deja
tan solo resquicios,
mínimas ventanas al recuerdo.
¿En qué piensan las hojas
- si es que piensan las hojas –
cuando libres del árbol
lentas al suelo bajan?
Jirones de verdes ahoras
hechos amarillos mañanas
que como ocres ayeres percibimos.

domingo, 11 de enero de 2009

Dedos imparables
recorriéndonos los poros.
Abriéndonos los espacios.
Sutiles caricias
cubriendo de ternura
las pieles temblorosas.
Desconocidas rutas
surgiendo al tacto
levísimo de las yemas.
Dedos, manos,
avanzando, retrocediendo,
viviendo conscientes.
Serigrafiando
mapas de sensaciones
en la planicie de la espalda.
Pies, pies enteros
recorridos por la caricia.
la misma que en su ascenso
se enrosca
en torno a las piernas.
Dedos y yemas
dibujando figuras imposibles
muslos arriba.
Dibujando temblores,
intensos estremecimientos
pieles adentro.
Porque esta forma nuestra
de acariciarnos,
hace perceptibles
al tacto los espíritus.
nos observamos
con esa intensidad
intermitente que se produce
cuando se hace a hurtadillas.
observar
reflexionar
en este círculo cerrado
en que nos sumergimos
tus ojos
mis ojos
manifestando deseos imposibles
tan cerca las miradas
las bocas acariciándose
desde el aliento
qué locura
maravillosa nos envuelve
nerviosos
los dedos
se retuercen en el baile
sensual de nuestras manos
erótica danza
sobre el mármol
avejentado de la mesa

y si se rozan?
los dedos
¿y si se acarician?
las manos
¿y si...
¿no?
¿si?

dedos manos

tocándose acariciándose

labios bocas lenguas

uniéndose abriéndose buscándose

dedos manos labios bocas lenguas

sintiéndose

¿ SI ? ¿ NO ? ¿ SI ?

SI

lunes, 20 de octubre de 2008

sábado, 18 de octubre de 2008

Abrir las ventanas
a la ausencia de nieves
en la cara sur
de un norte desteñido.
Hay quien atranca
postigos en las mañanas
para calentarle los pies al futuro.
Y quien se atraganta
con un sorbo de ayer.
Hay una sucesión de signos
en la superficie
agrietada del tiempo.
En el gesto alargado
del pisasueños de media noche.
En la yema que perfora la corteza
y mira más allá
de la quebrada piel de la planta.
En el leve rastro de savia
que señala el lugar
donde la vida surge cada primavera.
La luz esta mañana
es una bola que rueda
gigantesca,
hacia el centro mismo del ser.
Luz son tus ojos
tendidos sobre el perfume
exquisito de las rosas.
Luz, el grácil paso
con que transitas
los senderos del alma.
La blanca intensidad
en el vuelo de tu sonrisa.
El oleaje repentino
que provoca en tu pelo
una brisa afrutada.
Luz es tu cuerpo desnudo
curvado en el éxtasis.
Agitado por oleadas
de invisible magma.
Luz tu sexo ofertado
al summun del beso.
Luz, querida mía
eres tu.
Los ojos que se miran en tus ojos,
sienten la caricia
indescriptible de la luz

domingo, 5 de octubre de 2008

En las horas
de bordes incendiados
las respiraciones
forman una cortina
acariciando los sentidos
sobre el temblor
de las pieles

sábado, 4 de octubre de 2008

Una mano gris.
El vientu d'ochobre
pule'l rostru les cuestes.
Susurra el riachuelo.
Roce de rostros.
Nos atenaza el miedo.
Avanzamos.
Uno frente al otro.
Avanzamos.
Hasta encontrarnos.
Hasta que los brazos abiertos
se cierran en torno
a los cuerpos ofertados.
Nos apretamos fuerte.
Nos sentimos.
Es maravilloso estar así.
Quietos.
Cobijados en el abrazo.
Recreándonos en cada pálpito.
En cada sensación.
Mejilla contra mejilla.
Aspirándonos los aromas.
La nariz dilatada
para llenarse del otro.
Mejilla contra mejilla.
Deslizándose.
Los alientos se acarician.
Se enredan.
Los labios tiemblan.
El deseo
es una marea imparable.
Lo sabemos.
Y no hacemos nada
por evitarlo.
Nada que calme
esta sed del otro.
Ni nada que nos empuje
a bebernos el alma
a borbotones en las bocas.
llegará ese momento, amor.
Y estaremos
uno a cada lado
para avanzar
hasta el encuentro.

jueves, 2 de octubre de 2008

llueve insistentemente
sobre las hojas primaverales
dentro de la casa
la fragancia de tu piel
dibuja corazones
en el cálido
silencio del aire
Los ojos alcanzan
a capturar el vuelo
desordenado
de las mariposas.
Acoge el oído
el manto musical
que las cigarras
tienden sobre los prados.
aspirar el humo
inasible de los leños
encalideciendo el hogar.
Y tanta ternura
desde las pieles encallecidas.
Cómo no recordar
aquella comunión
de tu cuerpo con las aguas.
Y los árboles,
sombreando el temblor
en la erizada piel
de tus pechos.
Abanico de colores
vistiendo el otoño.
Sabios, los árboles,
hacen limpieza.
Abres los ojos
a la luz tamizada
de los atardeceres.
Deberías acoger
algún alba en tus pupilas.
Sobre la piel
del lóbulo
un estruendo de palabras
que el aliento
arrastra

domingo, 28 de septiembre de 2008

Bajo la persiana de la habitación.
Aún no ha oscurecido,
pero hoy quiero evitar los fogonazos
de las voces que penetran
a través de la gasa de las cortinas.
Voy a la cocina
y troceo un par de tomates.
De esos especiales
de la tienda de la esquina.
Su aroma crece en la boca,
y en combinación adecuada
con el aceite de oliva virgen,
aroma y sabor penetran
hasta las más ignotas regiones
del gusto y el olfato.
Luego, al regresar a la habitación,
descubro unas voces asustadas
colgando de las nubes del techo
y decido abrir la ventana
y concederles la estrecha libertad
del patio de luces.
Es en ese espacio común
donde cada vecino planta
una enredadera de voz propia.
El problema,
es que han crecido demasiado
y apenas dejan pasar el sonido
que se escapa por las rendijas
de ventanas mal ajustadas.
Hace tiempo que acudo,
cuando todos duermen,
a recoger las luciérnagas
que encienden su estrella
desde el cuerpo
de las vocales rotas.
Las deposito blandamente
en el cuenco de silencio
de una tarde cualquiera de domingo.
Y cuando se iluminan,
se convierten en jardines de luz
paredes adentro.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Piedra sobre fuego.
En la espera
manos, agua y harina.
Hierro contra madera
Los murciélagos anuncian
el calor de la ceniza.
Blanco y negro.
Sagrada unión perfumando
las tardes de la infancia.
Invariablemente
a las cinco
en punto.
Calle abajo
huyen las sombras
hasta cubrir los ojos.
Encapsuladas en óxido,
las cadenas aguardan
perros ausentes.
Cruzan gaviotas
el espacio muerto
sobre la hora de la siesta.
Este espacio se acaba.
Desaparece.
Es hora de regresar
a los laberintos
de maderas carcomidas.
Al reino -casi inexpugnable-
de las zarzas.
A la triste frialdad
de las piedras en los derrumbes.
Hora de buscar ramas secas
y encender un fuego
que caliente las esquinas
friodesoladas del alma.
Viveza de la hoguera
rellenando de luz
los espacios tenebrosos.
Es el momento de renacer
en un lecho de espadañas grises
que calmen estas llagas
llenas de herrumbre.
He caminado desde tus pies
hasta tus ojos.
Larga senda que hice
como viajero a la deriva.
El aliento -el que se escarcha
tras el cristal envahecido
de la memoria-
silba en las menguadas atardecidas
mientras arrastra espesas gotas de leche
arrancadas de la boca
desdentada que succiona
tu dulzón y encalidecido
maná vespertino.
Hoy mis pies
son cuchillas que rasgan
el vientre del futuro.
Afiladas hoces
abriendo en canal el mañana.
En su eterno cometido
de alejar los colores
del fondo de la mirada.
Detenido el tiempo,
sin demasiada brusquedad,
pero inmóvil,
surge -de quién sabe
qué bosques profundos-
un coro terrible
de ecos que se multiplican
por los desolados cañones de la mente.
Grotesco carnaval donde manifestarse
los ocultos fantasmas del miedo,
con la serpiente del deseo
enroscada a su ausencia de piernas.
Ávida lengua bífida
en busca del sexo de los elementos
y las estaciones.
El gris del viento precipitándose
sobre el amarillo de las hojas
hasta el ocre total.
Los cuerpos entonces
brotan desde desconocidos surcos.
Se estiran hacia el vacío
de besos sin boca.
Se agitan como rotas marionetas
empujadas por la invisible tangencia
de un aliento a ráfagas.
Todo se transforma
en este detenido espacio.
Y surgen los cuchillos
veloces desde el alma.
Y flechas envenenadas
por entre el noser de los instantes.
¡Grita, grita ahora!
¡Oh, insignificante partícula de vida
adherida a la luz del cosmos!
Grita y púdrete
en tu oscuro lecho de lo sido.
Convulsiónate hasta el deshacimiento
de seres y cosas.
Hasta la licuidad total.
Hasta el olvido
permanente de la tangencia.
Agítate en este maremagnum
desentrañable de la existencia.
Sé tu mismo, el de siempre.
Reconócete así como eres
y a ceptate a tí, que eres tú.
Vencido, derrotado,
tú, el que siempre fuiste.
escribo signos amarillos
en las hojas del verano.
Y sobre el sabor de las moras
pinto gruesos copos blancos.
Si colgando de la garra
del águila en vuelo
los pensamientos formasen
abigarrado cúmulo,
no habría de estar
más cerca del extravío
de lo que ahora me hallo.
Volver a sentir el avance
imparable del desamor
Abrir los ojos a la certeza
del cerrado círculo en el que giro.
En el principio ha sido
el estallido de luz avanzando
como marea de gozo.
Transformando el color
de los días y las cosas.
Ebullición interior
cuyas burbujas desconocen
lo efímero de su existencia.
Momentos de éxtasis
abrazándonos la sonrisa.
Luego, la luna,
dibuja sombras alargadas
con ayuda de las rocas.
Sombras extendiéndose
desde la blanda hierba
hacia arenas estériles.
Presentido desierto
ocupándonos el alma.
Conquistándonos hasta el aliento.
Dudas creciendo
como calcinadas dunas.
Mares de silencio perpetrando
el sacrilegio del adios.
Y ya nada.
Conocido y oscuro invierno
envolviéndonos como desolada mortaja
que cubre los despojos
de los ojos del alma.
El vacío se llena
con el más terrible de los gritos:
el que carece de forma sonora.
El que se oye sin ser pronunciado.
Y uno se pregunta
hasta cuándo ha de durar
este lamento sin sonido.
Cuándo de nuevo la luz
reiniciará el ciclo
para seguir girando,
girando...
girando...
girando...
Concedeme el tiempo
de rozarte la piel.
Acaso la lluvia
empapando desolados arenales.
Perdiéndose entre calcinadas partículas.
Transparentes perlas
sin ramas qué alimentar.
Inútil existencia
ataviada con los ropajes
desvaídos del conformismo.
Hay un vacío
mayor que el alma
dentro del alma.
Y un silencio
de hondura inexcrutable
poblando el espacio
interior del ser.







domingo, 13 de julio de 2008

Tiempo que es
un deseo de ti
en cada brillo de ojos.
En cada roce del aliento.
Tiempo.
eternidad de un instante.
Fugacidad del deleite.
Crepitar de flores
naciendote desde las axilas
en dirección a perfumarte
la suavidad de los pechos.
Tiempo como náufrago
arribando a tus desnudas playas .
Esas en cuyas arenas
rompen las espumas
de mares de besos.
Tiempo que habla
del amanecer permanente
sobre la calidez del rocío
que humedece los fértiles
valles de tus ingles.
Tiempo de buscar corales
en las profundidades
de tus caderas.
Tiempo que te trae
hasta la blandura del tacto
en un espacio sin nubes
que nos envuelve.
Tiempo inmedible
de amarnos sin reservas
hasta desleírnos el pensamiento
en la palma de los sentidos.
Creo en el tiempo
como medido espacio.
Tiempo individual
como grano de arena
constituyendo
el tiempo de todos.
Tiempo identitario.
Tiempo que pasa.
Que en si mismo desaparece.
Nos falta tiempo.
Siendo de tu tiempo,
mi tiempo es otro.
Por el tiempo vine.
Por el anduve.
Por el tiempo pasamos.
por el las respiraciones.
Y la risa del miedo.
Y el miedo.
Tiempo que somos.
Que vamos dejando atrás.
Tiempo impregnado
de pasos irregulares.
Largo tiempo
detenido en el odio
como fugacidad del tiempo
luminoso de amarnos.

miércoles, 9 de julio de 2008

Abrir los ojos al color
intenso de los atardeceres
deslizados sobre la oblicuidad
marina de los horizontes.
Desde esa visión retroceder
por las rutas abiertas
en pleno cuerpo de la memoria,
hacia geométricas abstracciones
de horizontes infantiles.
Baile de formas
tamizadas en el cedazo
indestructible del tiempo.

viernes, 4 de julio de 2008

Deslizar las yemas de los dedos
sobre el granulado cuerpo de la piedra
hasta la abrasión del tacto.
Hasta la ausencia de líneas
conduciendo al extravío.
Acelerado proceso
de despersonalización.
Como quien siembra
desiertos en jardines
y los cubre con el oscuro
frío de la noche.
Crear concéntricos círculos
de vacío en torno al ser.
Desolados espacios
que los ojos del rostro
no alcanzan a descubrir.
Tierra de nadie sin nadie.
Congelado giro de noria
al borde de un abismo
impenetrable desde la ausencia.
Atrapar el vuelo de una sonrisa
en los putrefactos pantanos
donde el alma se descompone.
en el desnudo silencio
de anocheceres terribles.
Hondura descarnada
de soledades interminables
a la que el tiempo desciende
por peldaños verdinegros de moho.

miércoles, 2 de julio de 2008

Los pájaros aún conservan
un sentido especial
que les impele a cantar a esa hora
en que la noche se va destiñendo
sobre la incipiente sábana del día.
Como por un acuerdo tácito,
van ocupando el espacio de actividad
que acaban de dejar los ratones.
Un jirón de niebla
humedece con su abrazo
el rocoso saliente de la montaña,
mecido por el rítmico tintineo
con que el ganado al pastar
hace tañir los cencerros.
Me gusta recibir días así
en el cuenco de los sentidos.
Cuando te dirijes a la cama, ya sabe la alcoba de los cauces silenciosos que han de cartografiarte el rostro.
Otra vez el llanto intentando lavar el dolor incrustado en la raíz del pensamiento.
Un dolor que inútilmente te niegas.
Como si en la negación se hallase el remedio milagroso que habría de sanarte.
Eres ahora, un amasijo de sentidos magullados que duelen hasta donde alcanza la mirada.
Por doler, te duele hasta la sonrisa.
Semejas un perro abandonado, que se asusta ante el simple amago de caricia.
Me gustaría acercarme y restañar tu dolor con caricias de espuma.
Mimarte hasta que una marea de luz te invada el cuerpo desde dentro.
Dormirte en la cóncava caricia del abrazo, para despertarte con el templado río de los besos.
Extenderte caricias sobre el alma, hasta el armónico acompasamiento de tus signos vitales.
Ofrecerte un desayuno de luz entre sábanas, porque tu te lo mereces, princesa.
Cantan ahora
¿Para quién los jilgueros?
¿tal vez para la desmemoria
que a los muertos envuelve?
¿Acaso para las azadas
que hambrientas de tierra
en el olvido se oxidan?
Cantan para el silencio.
Para un desierto que crece
como río en el deshielo.
Escucho cómo cantan
mientras paso a paso
me acerco a la linde.
Llegado allí
me siento
Espero.
Te olfateo recien despertada.
Hueles a restos de sueño
desdibujándosete en los ojos.
Al calor que bajo la sábana
todavía íntimo conservas,
mientras un océano de ternura
bate contra tus labios.
Quiero quedarme así,
con la nariz dilatada
y los ojos incerrables por el asombro.
Quedarme con este instante
alimentando el devenir del tiempo.
Quedarme con el perfume
de tus besos recien despiertos.
Quedarme, contigo,
para siempre en el pensamiento.

martes, 24 de junio de 2008

Esta noche hemos puesto
dos piedras a secar
en el alféizar de la ventana.
La tuya enfrenta la luz del sur.
La mía... la mía no entiende
de puntos cardinales.
Ni de coordenadas.
La tuya resplandece
al ritmo que crece el sol.
La mía, se va arrugando
a medida que se reseca
en torno a la memoria.
Dos piedras como dos mundos.
En la tuya el sol arranca destellos.
En la mía, se hunde en el vacío de sus poros.
De la tuya germina la vida.
En la mía, hondura de silencio
ahorcando la piel del alma.
¡ Hay piedras tan tristes
secándose en la noche !

domingo, 22 de junio de 2008

Vastedad curvándose
bajo los cielos calmos
que llueven desde los ojos.
Extenso palabral surcoarantío
donde germinan los versos
que han de llegar a los corazones,
y acariciarnos el alma
desde la vida hasta la luz.
Versos que un viento mece despacio
en las vaguadas de la mente.
Palabras en plena metamorfosis
hacia la musicalidad que irriga
los valles de los sentidos.
¿Qué savia alimenta estos tallos
que bajo el peso
de almibarados racimos de letras
sobre el cuerpo del poema se curvan?
He aquí la riqueza inmensa
que nos ha sido concedida:
Esta apertura de los sentidos
hacia la caricia del lenguaje.
La capacidad de amar cada letra
desde detrás del pensamiento.
Sembremos pues,
las semillas de la plenitud
en este espacio poético.
Y que la bonanza de espíritu
propicie la fertilidad necesaria
para que siempre nos florezcan
primaveras en el corazón.

viernes, 30 de mayo de 2008


Vamos caminando
por sendas de cristal.
Encadenados pasos
que se quiebran en cada pisada.
Pasamos de piedra en piedra
evitando mojarnos los pies.
Si giramos la cabeza
y tendemos la vista sobre lo andado,
descubrimos campos de cenizas
desprendiéndose de lo sido.
Abandonado territorio del que se elevan
delgados tallos de humo.
Como si inmenso maizal petrificado.
Únicamente de vez en cuando,
débiles rescoldos de sonido
atraviesan un espacio sin aire.
Líneas de estruendo que nos adolecen.
Intensificado haz vibrando
desde el intermitente destello
de miles de silencios suspendidos
del vacío que queda ojos adentro.

jueves, 29 de mayo de 2008

El sinsaber revoloteando a tu alrededor.
Florecida duda en medio de un paisaje
que es aquí voluptuoso.
Linealiso allí.
Agrestenhiesto allá.
Aún conociendo su presencia,
ignorar dónde, en qué parte
se posará la caricia.
La caricia como ave migratoria.
Inquieta mariposa curvando apenas
el pétalo elegido.
Levísimo roce de cálidas yemas
sobre la hondura de los poros.
Roce que percibes como filo
de bruñido acero arañándote
el invisible cuerpo del estremecimiento.
Y germinan las sensaciones.
Vigoroso césped primaveral
que desde tus lechosos muslos se alza
al encuentro místico del Sentir.
Búsqueda del punto de comunión
entre caricia y espacio acariciado.
Caricia y goce.
Caricia y psique.
Desprogramación neuronal de los sentidos
hasta el disfrute de lo desconocido.
Ya no son los fluídos que te brotan
anegando la fértil extensión de tu pubis.
Es esa marea creciente e imparable
extendiéndosete por cada célula,
por cada remota neurona.
Tsunami bienhechor
arrasando hasta la última reticencia
de tu conciencia ahora evolucionada.
Orgasmo cósmico que te envuelve
en un abrazo espiral de luz y calor.
Big Ben repetido
fluyéndote en esa amalgama
de gemidos, risas,llantos,
gritos, espasmos, sudores,
que te entregan y te elevan
desde el centro vertiginoso
de una eclosión de vida que te transmuta.
Ahora, eres en ti desde ti.
Has abierto la última puerta
a este lado del Nirvana.

domingo, 25 de mayo de 2008





Hay quien amontona huesos grises
en el corazón de la noche.
Descarnados y ausentes de sangre.
Y bebe los lodos que brotan
por la esquina maloliente
de un alma mortalmente herida.
Situado en el centro
de ninguna parte,
cada avenida, camino,
cada senda que recorre,
finaliza en la nada absoluta.
En esa gélida oscuridad
que envuelve el ser hasta el fin.
A veces, de cuando en cuando,
fugaces puntitos de luz
abren mínimas ventanas
tras la línea del espejismo.
Inexistentes islas
salpicando el océano de la utopía.
Inútil sueño en el que florece el sol
sobre los campos desérticos
llenando el espacio del parpadeo.
Luego, bandadas de cuervos
se alimentan con los ojos
aún cálidos de lo acontecido.
Mientras, en un suelo estéril,
una sombra va arrancando
de los metálicos tallos retorcidos,
rosas negras para sobrevivir.
Uno la toma entre los dedos
y le da giravueltas.
Igual que si llave
aperturándole los espacios.
La pule, la modela lentamente,
con paciencia de mirahormigas.
Entonces la despliega sobre el vaciario
y se absortosorprende
oxideciendo su perfil
de tridente inofensivo.
Uno la voltea,
la deja boquiabajopuesta
y ve en ella un banco tripata
ausente de posaderas
deseantes de emplanecerse
sobre su lomo lineante.
Uno la mira y remira
hasta devolverle su dignidad
enhiestándola emperfilada.
Al fin, secas las venas,
entiende que poderosos letralazos
unen el ébano con el empeño.
La espera con la empatía.
La epopeya con la esperanza.
Y que nada ha vuelto a ser igual
desde que nos hemos quedado con
bano y mpño.
Spra y mpatía.
Popya y spranza.
¡Por favor!
Devolvédnos la "E"

lunes, 19 de mayo de 2008


Y si dejamos vacío el espacio de la voz,
proliferarán espesos bosques de silencio.
Un débil resplandor
silueteará retorcidos alambres
de campos desolados.
Bastará abrir los ojos,
salir por un instante
al exterior de imaginarios paraísos.
Dónde, entonces, los océanos de luz.
Dónde las eras imposibles
en cuyos surcos estéril permanece
la semilla del sonido.
Dónde el color tiñendo
la hondura del sentir.
Derrumbe. Deconstrucción total.
Terrible muestra descarnada
habitando la cota cero del pensamiento.

Una copa de vino.
Roja sangre que bebes.
Te observo mientras pienso
cómo serían, con qué sabor
tus besos ahora.
Así bañados, así ungidos.
Los afrutados aromas
enredándosenos en la boca
mientras fuera,
la luz de tus ojos desata
la más bella de las tormentas.
Susurra el riachuelo.
Roce de rostros.
Nos atenaza el miedo.
Caído sobre si mismo,
entre el dolor de quebradas ramas,
retrocede por caminos de memoria
hacia playas de luz el cerezo.
Verse ascendiendo
en busca del oro que el sol
como un péndulo balancea
sobre mares de verde.
Mirar frente a frente al roble
que durante años (recuerda)
lo observó desde arriba.
Sentir el radicular avance
entre tierra y piedras
a la busca de sustento.
Y recuerda perlas transparentes
descendiéndole elcuerpo
mientras sueña con mares de óxido
avanzando sobre el filo de los hachas.
Y recuerda,
y sueña,
y muere,
carcomido montón de polvo,
el cerezo.
Al perro del vecino
le han puesto bermudas
antes de acostarse,
y la puerta de la cocina oculta
tu cuerpo desnudo sobre la mesa.
Toma la palabra
y sujetala entre los dientes.
Como un aliento necesario
que te niegas a escupir
sobre la transparente
corporeidad del aire.
Así inmovilizada,
ve lentamente extrayéndole
en forma de espeso zumo
la esencia de su existencia.
Estira y alisa sus pliegues
de sábana acogedora.
No importa si con ello erradicas
las imprevistas ondulaciones
de sus primarios componentes.
Únicamente vigila la inalterabilidad
de ese poso que sin ostentaciones
te cuenta que existes,
mientras con hábil trazo
te dibuja el sentimiento.
Serán las huellas indelebles
tatuando el reseco lecho
sobre el que se acunaban las aguas.
La ausencia de vida entre las grietas
infértiles que dibujan
la estéril superficie abrasada.
La insoportable ausencia
de vuelos y gorjeos,
como un peso desmesurado
opimiéndonos el pecho.
Los labios abriéndose
en mil heridas lacerantes
hacia soñadas - solo soñadas -
gotas de agua.
Los dedos curvados
en torno al vacío,
lo mismo que garras
que el hambre guía.
Ojos que marchitos
en secas cuencas
espantan de lejos las miradas.
Será el final de un existir
tiñendo de sepia calcinado
las últimas gotas de esperanza.
Perdona, hijo mío,
esta indeseada ausencia.
La uve es una copa si pie. Una punta de flecha huérfana de madre. O de padre, si aludimos al tronco, mástil, palo...
La uve no aja, porque está su vértice apoyado, clavado, enterrado.
La uve no aja, pero si uve por nombre propio.
La uve no aja porque ajoplanta ageometriza los destriangulos apiñados sin dulzor de piña desapiñada.
La uve en el agua es un signo uvedecido.
La uve se necesita para ver y no quedarnos en er. Así es vista más que lista, por uve, primera de lista en la palabra dicha.
La uve vence, vende, vive, vibra, va, viene, vuela, vuelve, veloz, volátil...
La uve es una Y sin cola. Inclinadas piernas bajo cuya sombra se guarecen las vocales pintadas.
Busquemos la sombra
desproporcionada del crepúsculo,
germinando en claros
de envejecidos bosques.
Extendamos sobre su largor
doradas gavillas sin trigo.
Depositemos este envoltorio
sobre el reseco cuerpo
del origen del pan.
Bebamos entonces
la sinfonía de colores
antes de que se escurran
hacia el hermetismo del ocaso.
Participemos en la danza
que propicia espacios de luz
al ritmo de las respiraciones.
Adentro de tu alma,
hay un tesoro
y mil puertas cerradas.
Viajamos en naves de viento
por océanos de luz.
Te sorprendiste al abrir la puerta
que da a tus sótanos.
Tanto tiempo vivído en el exterior,
con la cabeza dentro de una nube
negra, densa y áspera.
Demasiado tiempo de negación.
De voluntaria invidencia.
Así ahora la sorpresa
abrazada a la expresión
de tu rostro cuando la luz.
Esa que adoptando
categoría de un Todo,
imparable asciende los peldaños
avejentados de la escalera.
Esa que penetra, sin pretenderlo,
cada poro de tu piel
abriendo un camino secreto
en dirección a tu alma.
Mírate ahora.
De nuevo mírate
y acepta sin dudarlo
desde la luminosidad de lo puro,
que tu inmensa riqueza
resplandece en tus ojos.
Retornar a los días de horas interminables,
en los que no era necesario buscarle sentido
a aquel sabor violeta
de los besos con que tan dulcemente
nos acariciábamos.
Días de sofocante calor
de pronto humedecido
por una tormenta repentina.
Tan repentina como fugaz.
Vigorosa expresión de los elementos
ya olfateada en el aire
antes de su manifestación.
Retornar a esos días
de sabor violeta
en los que sonreíamos
con la ingenua amplitud
con que los niños felices
acostumbran a sonreir.
Porque eramos felices
en nuestra medida escasez.
Y eran perlas entre los dedos
aquellos frutos minúsculos
cuyo sabor violeta pintó para siempre
- porque se puede pintar
para un instante
como para toda la eternidad -
los cielos en que desde entonces
acomodamos los ojos.
Masticas una bola de dolor
y este te sale, espumoso,
por la comisura de los labios.
Es un dolor denso, concentrado.
Como salido del alambique
alojado en una esquina
retorcida del alma.
Cada lágrima perforando
la corteza del pensamiento.
Corrosivo ácido
destruyendo campos de luz.
Te veo masticar una bola de dolor
y me recuerdo masticando el mío
antes de llegar al amor.

La espuma del café
es el envidiado beso
que recibes cada mañana.
¿Cómo sería limpiarla de tus labios
con el temblor de los míos?

viernes, 16 de mayo de 2008



¿Dónde, en qué fuentes bebe el poeta?
El poeta del alma aún incapaz
de sostener la pluma
entre sus minúsculos dedos.
El poeta niño
que ha de engendrar al poeta hombre.
El poeta de la luz inmedible.
El de los limpios sonidos
como el de los abiertos aromas.
El poeta puro.
El poeta de las mariposas ingrávidas
en cuyas alas anidan
bandadas de lunares azules.
El de las escurridizas cigarras
que segregan su canto
entre bosques de espigas.
El poeta de mañanas heladas
que arrastra sus ateridos pasos
camino de la escuela.
El poeta que inclinado
sobre las piedras del camino,
intenta encontrar sentido
a la existencia de las hormigas.
El poeta niño
que antes de dibujar poesía
a trazo de pluma,
la pintó de colores
en las vírgenes páginas de su mente.

sábado, 26 de abril de 2008


Cuando la lisa seda
de la noche se extiende
sobre los desnudos cuerpos,
un calor sin límites
nos envuelve bajo las sábanas.
Mínimo reducto
donde las pieles pierden sus bordes.
Fusionados alientos
abrazándonos las lenguas.
Dulce sueño de trenzados muslos
secándose en la madrugada.
Amanecernos en la unión
semiadormecida de los labios.
Entre un aroma de savias
palpitándonos dentro.
Iniciar cada día
con una textura de besos
llenándonos las bocas.


Dócil de deseo,
te vencías hacia mi pecho
apagando con tu cabeza
el sonido atropellado de tambores.
Retorcidos hilos de aroma
atrapaban mi olfato.
Deslizaba los labios
sobre la seda de tu pelo,
tus manos abandonadas en las mías
mientras intentábamos desplazar
el aire que nos separaba.
En silencio, juntábamos los rostros
resbalándonos las mejillas,
tu aliento derramándose muy cerca
de mis labios abiertos para recibirte.
Primero un beso leve, fugaz,
creciendo poco a poco,
intensificándose.
Abrías tu boca sin reservas
ofertándome pasión
en la punta de tu lengua.
Nos abrazábamos fuerte.
Bajo la fina tela de la blusa
percibía la tensión de tus senos,
tus pezones arañándome,
un calor fortísimo subiéndonos
y una tibia humedad
en la yema de mis dedos.
Recibías con gozo
mis labios en tus ingles,
palpitando entera desde ese torrente, catarata imparable anegándome la boca
cuando besaba el fuego
rosado de tu vulva.
Palacio eterno del placer.
Desde entonces
todas las rosas
me recuerdan a ti.
He bebido
hasta aplacar mi sed
del zumo intenso
de tu piel.
Prolongado gozo
en el desván de una tarde
aferrada a los acogedores muslos
ofertados al ritual.
Enfebrecida sobremesa
de salado sexo
en la trastienda del tiempo.
He transitado
tus púbicos pantanos de miel
hasta su límite inguinal
con los labios borrachos
de fluido ardiente.
Para al fin abandonarme
al dulce abrazo vaginal,
que como incendio voraz
me abrasa el ser.
Diáfano es ahora el reposo.
Cuando la luna asoma en el horizonte,
tu cuerpo desnudo recibe la pálida luz
dibujando relieves sobre la seda de la piel.
Tornando de plata el río
que entre los muslos te discurre.
Bello juego el de borrar cada sombra,
cada reflejo, a punta de lengua.
Una mano.
Solo una mano bastaría
para tocarte.
Una mano de terciopelo
que pudiese acariciar,
recorrer cada pliegue,
cada curva, cada elevación.
Una mano.
Solo una mano bastaría
para saber del paraíso tan cercano.
Del placer electrizante
surgido del roce mutuo
de dos pieles erizadas de sensaciones.
Una mano.
Solo una mano bastaría
para sumergirme en la luz
que dentro de ti atesoras.
Una mano.
Solo una mano bastaría.
Un silencio de miradas compartidas
se engarza en la coloreada
textura de la tarde.
Canto de pieles aproximándose
a la eléctrica percepción del tacto
entre azules aromas anocheciendo.
Sentados al borde del día,
con la sonrisa colgando de los ojos
y la brisa del ocaso perfilando la materia,
los cuerpos sienten sus latidos.
Captan la esencia escondida
entre pliegues de luz
tornándose mortecina.
Es momento de susurrar al oído
tanta dicha sobre el horizonte.
De buscar oasis en el aliento,
y escarchado rocío
sobre la detenida palabra.
Es época de lluvia fértil
anegando incrustadas reticencias,
hasta lavar las blancas alas de la luna
acostada sobre un silencio
de añiles oscurecidos.
Es la hora de conectar las miradas
y extraer desde muy adentro
un inevitable suspiro

martes, 22 de abril de 2008

Llega la noche.
Otra noche más.
Y con ella esa mezcla
terrible de los colores.
El día es un lienzo invisible.
Acaso una leve reverberación
desdibujando las formas.
Pero la noche…
La noche es el aquelarre
en que enloquecidos
danzan los colores.
Y los perfiles.
Al comienzo de la noche
un ejército de garras
va ascendiendo por el cuerpo.
Como una oleada
de lava incandescente.
Es curioso;
parece que con bajar las persianas
quedase conjurado el peligro.
Sin embargo está ahí.
Se palpa en el repentino silencio
que se extiende por las estancias.
El peligro sigue estando.
Se puede oler en ese miedo en suspensión
que flota en el ambiente.
En la mudeza blanquecina de los niños.
En la cruel tortura
dilatándose de la espera.
¡Dios mío!
¡La cena se está enfriando!
¡Y no llega!
¿Y si ya no regresa nunca más?
Y si ha decidido irse para siempre?
Tal vez haya cruzado
imprudentemente la calle…
O acaso un atracador enfadado…
Pero no.
Se que no será así.
Que en cualquier momento
la llave girará en la cerradura.
Que de nuevo su boca
vomitará los peores insultos.
Una vez más la cena
no será de su agrado.
Estará fría.
O demasiado caliente.
De nada servirá
intentar explicar.
Me llamará inútil.
Como siempre.
Y puta.
Me escupirá toda su maldad.
Los niños vuelven a llorar en silencio
encogidos en una esquina.
Abrazaditos uno al otro.
De mis ojos ya no salen las lágrimas.
Las guardo para después.
Para cuando el restallido
de la primera bofetada
se mezcle con el grito de puta.
Ahora sí.
Salen.
Cargadas de dolor.
Un dolor peor aún que el de los golpes.
Ese dolor del alma.
Tan hondo.
Tan duro.
No para de golpearme.
Los golpes van cayendo
por todo el cuerpo
como tizones encendidos.
Ni siquiera protesto.
Únicamente me sale
un delgadísimo hilo de voz;
-Por favor… por favor…
Bajo la lluvia de patadas y puñetazos
presiento que esta noche
será distinta.
Distinta para peor.
Que no amanecerá.
No al menos para mi.
¡Que pena los niños!
Tan pequeñitos.
Tan asustados.
Acurrucaditos en una esquina
del salón en penumbra.
Mientras la voz resuena como los truenos
de una tormenta de verano.
¡Puta!
¡Asquerosa de mierda!
¡No sirves para nada!
¡Estoy harto de ti!
De pronto cesan los golpes.
Las voces.
Ni siquiera me atrevo
a abrir los ojos bajo esta losa
de repentino silencio que me aplasta.
Al fin, venciendo el pánico,
consigo abrirlos lentamente.
¡No está!
¿O si?
Un haz de luz
sale por el hueco
de la puerta de la habitación.
Entonces le veo.
Recortado a contraluz
en el umbral.
Tambaleante.
Sudoroso.
Las facciones desencajadas.
Los ojos inyectados de odio.
El brazo extendido.
Como señalándome.
La bruma se va despejando
de mis ojos.
Y de mi mente.
La realidad que veo me paraliza.
Quiero gritar.
Correr.
Huir.
Pero tanto pánico, tanto horror,
me lo impiden.
Sólo alcanzo a mirar a los niños
en desgarradora y muda despedida.
Abrazaditos en la esquina.
Paralizados también por el terror.
Me quedo con esa imagen
mientras inevitablemente
me resigno.
Y espero.
Lo inevitable.

jueves, 17 de abril de 2008

Serán las huellas indelebles
tatuando el reseco lecho
sobre el que se acunaban las aguas.
La ausencia de vida entre las grietas
infértiles que dibujan
la estéril superficie abrasada.
La insoportable ausencia
de vuelos y gorjeos,
como un peso desmesurado
opimiéndonos el pecho.
Los labios abriéndose
en mil heridas lacerantes
hacia soñadas - solo soñadas -
gotas de agua.
Los dedos curvados
en torno al vacío,
lo mismo que garras
que el hambre guía.
Ojos que marchitos
en secas cuencas
espantan de lejos las miradas.
Será el final de un existir
tiñendo de sepia calcinado
las últimas gotas de esperanza.
Ayer abracé tu coraza.
La apreté fuerte hasta sentir toda su dureza.
El áspero tacto de su superficie.
Una vasta extensión ausente de lagunas.
De lisas geometrías.
La abracé hasta sentir un enjambre de espinas
penetrarme las entretelas del alma.
Justo en ese instante,
creí percibir un leve movimiento
acompañado de una especie de chirrido.
Al buscar el origen del mismo,
descubrí una diminuta fisura en tu caparazón.
Era una abertura alargada y estrecha.
Al principio, pensé que de su interior
saldrían pestilentes aromas
y un sonido infernal.
Qué equivocado estaba.
Por aquella mínima brecha, surgía una música
como nunca había escuchado antes.
La música salía envuelta en una luz inexplicable.
Inexplicable porque no puede explicarse la plenitud.
Aún medio hipnotizado, y con temor de hacerte daño,
introduje los dedos en la abertura y tiré hacia los lados.
En ese instante el mundo que conocía desapareció,
y me vi sumergido en un universo de caminos
muy alejado de lo que hasta entonces conocía.
Era como si después de luchar en la superficie
pestilente de un pantano,
de pronto penetras bajo sus aguas y descubres
una luz como nunca hubieras imaginado.
Ahí estaba yo, dentro de tu universo.
El verdadero.
Y ahí, afuera, la coraza. Tu coraza.
Ahora comprendo su dureza.
Es una mezcla de dolor y lágrimas.
De noches en vela bajo las mantas.
De ocultos cardenales sobre los que se enfrían
restos de esperma indeseado.
Está elaborada con la argamasa del horror.
Me pregunto entonces, cómo apareció esa brecha.
Y descubro que es el lugar donde coincidió
casi sin mezclar con el resto,
una caricia muy vieja que ya apenas recuerdas.
Viajero de albas envejecidos al sol del desayuno,
camino hacia el abierto campo de tus ojos.
Transito la bruñida superficie de tu existencia
desde el afán del hallazgo,
hasta descubrir en ti la onda expansiva de lo armónico.
Como un rayo de sol viajando alrededor de este planeta
en brazos de una bruma azul.
Y deposito pasos de vagabundo
sobre la seda irrepetible de tu voz.
Pero es la celeste azuledad
de ese alma sin paredes,
la que me llena de vida los sentidos.
El abrazo de tu dicha
elevándose como un aroma azul
que empaña los alientos
hasta posibilitar su percepción.
Aroma tan azul como un cielo sin nubes
bajo el que te cobijas.
Azul, porque en la inexistente materialidad del horizonte,
se funden los azules de techo y lecho
en mística comunión ante la línea de tus ojos.
Azul porque la unidad de las gotas
de agua en el mar.
Azul si observamos,
el halo en torno a la falsa blancura de la nieve.
Azul aroma si dejamos que el pincel de lo posible
nos azulezca el olfato.
Aroma azul porque queremos olernos en azul
antes que anochezca el corazón
y oler deje de parecerse
a pintar colores
para rellenar el vacío de no tenernos.

miércoles, 27 de febrero de 2008

¿Silencio?


Poemas de mar 2


Poemas de dolor y mar 1


Poemas de amor y mar 2


Poemas de mar 1


Poemas de amor y mar 1


Inseguridad


Universos de luz1


Callate


Blogger: Lluvia de versos - Estado de publicación

Blogger: Lluvia de versos - Estado de publicación

Llevo en los ojos

llevo en los ojos
todo el horror del abandono.
Cada célula impresa
con las imágenes del vacío.
El inderretible hielo de la ausencia
cubriendo los resquicios
más oscuros de la soledad.
Ojos anticipadamente vidriados
por el velo denso del dolor.
Espacio de silencio
que el silencio desgarra.
Sima interminable
donde descompuesta yace el alma.
Y al borde de este invierno,
todo es primavera florecida.

Qué decirle al viento esta noche

Qué decirle al viento esta noche
cuando arañe las ventanas.
Cuando se cuele por los intersticios
y sobre la humedad de mi rostro
fugazmente deslice su gélida lengua.
Qué decirle esta noche al viento
cuando tan solo me halle
entre estas vacías ropas envuelto.
De la desnuda rama que soy,
de la sequedad de mi tronco,
del xilófago ejército
que por dentro me avanza…
qué decirle al viento esta noche.

Me extraño en los días sucediéndose

me extraño en los días sucediéndose
he masticado lento
y tragado mas despacio
ahora me atraganto en un tiempo voraz
cuyo sabor se me escapa
avanzo rápido hacia ninguna parte
sobre el envés de las horas
habito el oscuro centro
de un tornado permanente
entre las risas arrancadas
de los campos en flor
un aroma de brasas me rodea
en este giro vertiginoso
de sombras y luces
de cirios derretidos
sobre las agrietadas losas
cuando la lluvia aparezca
hallara cenizas para disolver

Habito un silencio rebelado

Habito un silencio rebelado
que se resiste a la soledad
de lo unitario.
En el filo de la realidad
edifico mi morada.
Cultivo un huerto
donde planto verdades
de alto porte.
ahí, en ese mínimo espacio,
aguardo un final de ser derretido
que por ambas laderas
se escurre hasta el ocultamiento.
pronto anochecerá en el territorio
vasto de la inexistencia.
Y un mundo sin ojos
recibirá lo perdurable.
El resto, alimento temporal
posibilitando la supervivencia
de una amplia familia de gusanos.
Abono de zarzas que me perpetúe.

Estos bosques inmensos

Estos bosques inmensos
de alambres oxidados
bajo la lluvia ennegrecida
de las horas lúcidas.
Sutil veneno destilado
en las nubes de la razón.
Fluyendo inexorable
hacia playas dormidas.
Hilo esperpéntico colgando
en el vacío desde el vacío.
Goteo constante y minucioso
de esencias oscuras.
Extensiones inmensas de piedras.
Cajas de alta seguridad
en cuyo interior
las miserias no alcanzan la luz.
Avance ridículo sobre la piel
inconsistente de los espejismos.
Entre inexistentes haces de luz
proyectando intenciones de sombra.
Pasos sin huellas que ir dejando
en esta isla de presente
que encrespados ahoras amenazan.
Y la certidumbre terrible
de caminar sin memoria.
De vivir sin vida un eternizado sueño
sobre las aspiraciones de la conciencia.
Aplastante densidad inmedible del ser.

Este silencio vertebrado

Este silencio vertebrado
paciente va paciendo cada voz
hasta pacer las voces todas.
Desnuda ha dejado
la corteza de la historia.
Los guijarros oteando
la terrosa superficie calcinada.
Vasta memoria
disminuyendo bajo los matorrales
en los que furtiva halla lecho y techo.
Ya vienen ellas desvestidas de carnes,
y siegan impasibles los alientos últimos.
Perforan la piel de las miradas
hasta extraer el tiempo que cobijan.
Y quedan doradas espigas
clavándose en la oculta retina .
Vaciando de consistencia sus paredes.
Todo el grano del recuerdo derramado.
El grano.
Semilla de lo acontecido
creando en el crepitar atroz de las ascuas
imposibilidad de mañanas.
Extinción definitiva
en la podredumbre de grano,
semilla, origen.
Ahí, en el origen, el fin.
Y ya nada.
La nada regresada.
Inexistencia.

Este cuerpo que avanza

Este cuerpo que avanza,
que tropieza en cada paso,
este cuerpo no soy yo.
Yo no soy esta piel
que el tiempo va plegando,
convirtiéndola en ilegible mapa.
Ni soy los pasos cansinos
que atraviesan la calle.
Este cuerpo lo he tomado
como efímera morada.
Temporalmente habito
sus impersonales recodos
o tomo descanso
en sus orgánicos aposentos.
Pero este cuerpo en deconstrucción
no es el yo atemporal
que sobre lo sólido existe.
Este cuerpo no soy yo.

Ese silencio de madrugadas ateridas

Ese silencio de madrugadas ateridas
cobijándose bajo la tela
adormecida de las horas.
Esa palidez de luz perfilando las líneas
hasta suavizar sus aristas
de basalto adormecido.
Ese vacío tan dentro
que no hay sueño que cubra
el dolor de sus paredes rezumando soledad.
Ese grito lunar rebotando en la inerte materia
hasta extinguirse entre los átomos dispersos
del reducido espacio donde el tiempo no existe.
Grito de luz en el aire
y en la garganta de los cánidos
un grito tan rojo
tiñendo de temor la existencia.

En las noches

En las noches.
Siempre es en las noches
cuando me desciende un ejército
de lobos sedientos.
Las ensangrentadas fauces abiertas
acercándoseme.
Acariciándome el rostro
su aliento crudo de carne.
Mirándome sus ojos.
Sus ojos mirándome
desde el color de la sangre.

En este camino angostado

(A Pablo, mi hijo, mi tesoro)

En este camino angostado,
de la piel de espuma conservo
el tacto palpitante
en la pulpa de los labios.
Y un puñado de inocencia
sobre el lino asombrado
de las sábanas.
La más amplia sonrisa precediéndome,
y una nota irrepetible
de voz naciente estirándose en el aire.
Imprescindible equipaje
para esta penosa travesía
de incierto destino
sobre el vuelo de las aves.

Detrás del horizonte

Detrás del horizonte
duerme el futuro
una noche infinita.

Demasiado tiempo perdido

Demasiado tiempo perdido
en el interior estéril
de una tierra calcinada.
Diluyéndose en densas cenizas
que el viento no consigue volar.
Donde la luz había sido resplandor,
solo una honda negrura habita.
Allí el río de silencio
irrigando extensos campos de dolor.
un quebrado tallo
pudriéndose sobre el pensamiento.
Allí la dulce promesa
de una muerte esperada.
Oscuro lago
donde la vida se disuelve.

Cuando muera

Cuando muera,
dadles mi cuerpo a los lobos.
Dejad que en pugna de dentelladas
lo despedacen.
Lo que reste,
arrojadlo al fuego,
al corazón exacto de las brasas.
Y con las cenizas
abonad el viento que atraviesa
el centro de la nada.

Cuando la tarde se precipita

Cuando la tarde se precipita
sobre las alargadas esquinas del día,
retorno al seguro refugio de la soledad.
Al silencio entrañable
de este útero sin ventanas.
A la paz tan frágil que me resta.
Me aquieto en el vacío,
hasta dormirme sobre este lecho
de quebradas esperanzas.
Despojado de las opacas ropas,
desnudo yazgo ante mi.
Y me reconozco.

Como siempre llegan hasta nosotros

Como siempre llegan hasta nosotros
esas tardes tediosas de domingo.
Esas tardes desoladas y extensas
en las que nadie rompe
esa sensación de vacío.
El teléfono ha enmudecido
y una sucesión de sombras
alargándose, nos define.
Porque en realidad es lo que somos:
Sombras.
Deformadas sombras buscando el límite
inexistente de la luz.
La que únicamente a nosotros
no nos alcanza.
Son las sombras espectrales
de nuestra propia sombra.

Ceniza

Ceniza.
Aplasto ceniza.
La brasa hundiéndose
en el inconsistente cuerpo
una y otra vez.
Desmoronándolo.
Deconstruyéndolo.
Ceniza.
Blanca, gris, negra.
Como la vida.
Ceniza.
Presente haciéndose pasado.
Frágil como la memoria.
Alegoría del tiempo.
De la existencia.
Ceniza.
Más y más ceniza.
Cúmulos, colinas, montañas,
universos de ceniza.
Y yo,
al fin,
ceniza

Avanzo por mi calle

Avanzo por mi calle:
Avenida del silencio
hacia la plaza de la Nada.
Un paso siguiendo otro paso.
Un paso borrando otro paso.
Por primera vez
me fijo en mi calle
vacía de pasos.
Barridas de luz
las grietas de su pavimento.
Sigo avanzando
entre erguidas paredes
estirándose hacia ninguna parte.
Paredes ciegas de ventanas.
Mudas de puertas.
Avanzo por una calle
que ya no es mi calle.
Que ya no es calle.
Detenido en el centro
imaginario de ninguna parte,
sin firme sobre el que avanzar
ni retroceder.
Sin cielo al que ascender
ni abismo al que precipitarme,
lennnta, lenntamennnte
me disuelvo
en mi propia nada.
Ahora soy nada.
Y Nada es mi nombre.

Atravesar pasillos

Atravesar pasillos de variadas longitudes.
Puertas cerrándose con sordos golpes
ante el avance.
Al fondo, muy al fondo, un destello mínimo.
Ácida luz cayendo sobre el cristal amargo.
Muros de sombra alzándose a los lados
de una línea irregular.
Regazo acogedor donde incuban sus huevos
las mariposas sin ojos.
Sobre el gutural rugido bate alas una bandada
de oscuros insectos.
La única música es tu silencio extendido
sobre un bagaje de palabras prohibidas.
Mientras un aroma de quebrados vuelos
se esparce sobre las rosas
grises que me regalaste.

Arrancaría, si pudiese

arrancaría, si pudiese,
la piel del sol
para derretir este hielo
mortal que me abraza.
Cómo duele esta ausencia de brasas
donde acurrucarse.
Esta nieve incolora que me sepulta.
esta densidad del aire
rasgándome los órganos.
Qué angustia
la sangre solidificándose.
La inminencia de la huída.
La honda decepción de descubrir
este negado sueño.
Hoy he visto el vacío.
Supe verme por primera vez.

Al norte de la luz

Al norte de la luz habito
el borde finísimo
de un sueño anochecido.
Recojo restos de caracolas
y jirones de voz
llegados de muy lejos.
En las petrificadas retinas
congelados instantes
ajándose lentamente
entre espigas y olivos.
El iceberg de una sonrisa
transitando un océano
de piedras milenarias.
Su oleaje rompiendo
en las abruptas costas del silencio.
Mi llamada, hiedra tenaz
abrazando las espinas
aguzadas de la ausencia.
Y un vacío aterrador
desprendiéndoseme
por los ojos desde el alma.

Abiertas bocas

Abiertas bocas abismando
el insoportable vuelo de las moscas.
Reducido reducto donde el silencio habita
entre la reseca arena que lo invade.
La misma arena que filtró
el llanto de la sal que ahora guarda.
abiertos ojos estáticos
bajo un cielo inclemente,
secos ya del dolor
tan hondo del abandono.