martes, 22 de abril de 2008

Llega la noche.
Otra noche más.
Y con ella esa mezcla
terrible de los colores.
El día es un lienzo invisible.
Acaso una leve reverberación
desdibujando las formas.
Pero la noche…
La noche es el aquelarre
en que enloquecidos
danzan los colores.
Y los perfiles.
Al comienzo de la noche
un ejército de garras
va ascendiendo por el cuerpo.
Como una oleada
de lava incandescente.
Es curioso;
parece que con bajar las persianas
quedase conjurado el peligro.
Sin embargo está ahí.
Se palpa en el repentino silencio
que se extiende por las estancias.
El peligro sigue estando.
Se puede oler en ese miedo en suspensión
que flota en el ambiente.
En la mudeza blanquecina de los niños.
En la cruel tortura
dilatándose de la espera.
¡Dios mío!
¡La cena se está enfriando!
¡Y no llega!
¿Y si ya no regresa nunca más?
Y si ha decidido irse para siempre?
Tal vez haya cruzado
imprudentemente la calle…
O acaso un atracador enfadado…
Pero no.
Se que no será así.
Que en cualquier momento
la llave girará en la cerradura.
Que de nuevo su boca
vomitará los peores insultos.
Una vez más la cena
no será de su agrado.
Estará fría.
O demasiado caliente.
De nada servirá
intentar explicar.
Me llamará inútil.
Como siempre.
Y puta.
Me escupirá toda su maldad.
Los niños vuelven a llorar en silencio
encogidos en una esquina.
Abrazaditos uno al otro.
De mis ojos ya no salen las lágrimas.
Las guardo para después.
Para cuando el restallido
de la primera bofetada
se mezcle con el grito de puta.
Ahora sí.
Salen.
Cargadas de dolor.
Un dolor peor aún que el de los golpes.
Ese dolor del alma.
Tan hondo.
Tan duro.
No para de golpearme.
Los golpes van cayendo
por todo el cuerpo
como tizones encendidos.
Ni siquiera protesto.
Únicamente me sale
un delgadísimo hilo de voz;
-Por favor… por favor…
Bajo la lluvia de patadas y puñetazos
presiento que esta noche
será distinta.
Distinta para peor.
Que no amanecerá.
No al menos para mi.
¡Que pena los niños!
Tan pequeñitos.
Tan asustados.
Acurrucaditos en una esquina
del salón en penumbra.
Mientras la voz resuena como los truenos
de una tormenta de verano.
¡Puta!
¡Asquerosa de mierda!
¡No sirves para nada!
¡Estoy harto de ti!
De pronto cesan los golpes.
Las voces.
Ni siquiera me atrevo
a abrir los ojos bajo esta losa
de repentino silencio que me aplasta.
Al fin, venciendo el pánico,
consigo abrirlos lentamente.
¡No está!
¿O si?
Un haz de luz
sale por el hueco
de la puerta de la habitación.
Entonces le veo.
Recortado a contraluz
en el umbral.
Tambaleante.
Sudoroso.
Las facciones desencajadas.
Los ojos inyectados de odio.
El brazo extendido.
Como señalándome.
La bruma se va despejando
de mis ojos.
Y de mi mente.
La realidad que veo me paraliza.
Quiero gritar.
Correr.
Huir.
Pero tanto pánico, tanto horror,
me lo impiden.
Sólo alcanzo a mirar a los niños
en desgarradora y muda despedida.
Abrazaditos en la esquina.
Paralizados también por el terror.
Me quedo con esa imagen
mientras inevitablemente
me resigno.
Y espero.
Lo inevitable.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

que real...q triste realidad,verdad? ..
besos..para tí y todas ellas
y para los niños..para todos.
Libya

Armando Vega dijo...

Gracias Libya.
¡Es tan necesario que cada ser humano tome conciencia de esta triste y dramática realidad!
Un beso.

las alas del alcaudón dijo...

He disfrutado leyéndolo, Armando. Está muy lograda esa ambivalencia de sentimierntos iniciales. Es contundente. Únicamente -si me permites la crítica- yo le quitaría algunos versos y el poema no perdería. Como ves, yo respondo a tus invitaciones. Hay una foto del recital del Botánico en mi blog. Si quieres alguna más te las envío por correo.

jotaerre dijo...

ME GUTA MUCHO, RECUERDO QUE LO RECITASTE EN EL ATENEO DE LA CALZADA Y ME IMPRESIONÓ, LÁSTIMA QUE SEA ALGO TAN CORRIENTE EN ESTOS TIEMPOS. POR NO PASAR SIN DECIR NADA TE DIRÉ COMO ALAS, TAL VEZ CON ALGÚN VERSO MENOS SERÍA IGUAL DE FUERTE.